En estos tiempos en los que el avance de la tecnología ha posibilitado el acceso universal y gratuito a la información, nos encontramos con una fuerza contrapuesta: la facilidad con la que se extienden las falsedades o, como viene siendo más habitual, las medias verdades: afirmaciones sesgadas, interesadas y, por lo tanto, mendaces. Las carencias que debilitan la formación de un espíritu crítico y la sencillez aparente de algunos mensajes hacen, además, que desmentirlas sea siempre mucho más complicado. La mentira es siempre más veloz, más eficaz. Pero la realidad, obstinada, es la que es y no acostumbra a ser sencilla. La verdad tiene siempre aristas y resulta a menudo incómoda, al menos, para algunos.
Esta breve introducción nos lleva al objeto de esta serie: las mentiras palmarias que en materia de vivienda algunos se empeñan en repetir hasta la saciedad, como mantras aprendidos de los que no se puede dudar. Aunque sé perfectamente que esta tribuna no cambiará nada, me siento obligado a refutar de forma pública y didáctica algunas de estas falsedades que, por más que se repitan, no devienen verdades.
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